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Lo primero que hice con el barro fue lo que también debió hacer el hombre primitivo, es decir, recrear el vientre materno mediante la realización de vasijas, en un viaje al interior de la madre tierra. Alejándome de toda fantasía, me arrodillé para estar cerca de la tierra y hundir mis manos en ella, que siempre me había alimentado. Hundí las manos en el barro y recuperé, de pronto, la visión olvidada del rostro materno primitivo. Esa había sido la primera experiencia de todo ser humano. En la embriaguez del reencuentro olvidé el tiempo pasado, largo y tenebroso, y hasta hice, lo confieso, algunas vasijas en pasatiempos infantiles de ensuciarse los dedos obsesivamente.

Luego, con el barro, con esa tierra que posee una energía indiferenciada que todo lo impregna, di forma a una vasija capaz de convertir la energía en estado bruto en energía espiritualizada, una plataforma de transformación y de retorno a la tierra a través de la puerta del orgasmo.

En el barro así transfigurado en vervo, en luz, en semen coagulado, la energía comenzaba a separarse de la escoria, de la verdad incontestable de las cenizas.

La fría y calculada razón es insuficiente para explicar la variedad de la naturaleza del barro y el constante fluir de estados, que podríamos llamar anímicos, que en él se aprecian.

Continuación 4/6

 Víctor Mira - Cerámica Holanda, Vasija

Víctor Mira. Vasija, 1994
140 x 36 x 36 cm

 

 Víctor Mira - Cerámica Holanda, Vasija

Víctor Mira. Vasija

 

Precisamente su carácter íntimo es lo que hace que el barro lo contenga casi todo, que en él se hagan evidentes las tensiones del alma y se avive la imaginación en un diálogo cotidiano.

 

 

 


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