Lo primero que hice con el barro fue
lo que también debió hacer el hombre primitivo, es decir, recrear
el vientre materno mediante la realización de vasijas, en un viaje
al interior de la madre tierra. Alejándome de toda fantasía,
me arrodillé para estar cerca de la tierra y hundir mis manos en ella,
que siempre me había alimentado. Hundí las manos en el barro
y recuperé, de pronto, la visión olvidada del rostro materno
primitivo. Esa había sido la primera experiencia de todo ser humano.
En la embriaguez del reencuentro olvidé el tiempo pasado, largo y tenebroso,
y hasta hice, lo confieso, algunas vasijas en pasatiempos infantiles de ensuciarse
los dedos obsesivamente.
Luego, con el barro, con esa tierra que posee una energía
indiferenciada que todo lo impregna, di forma a una vasija capaz de convertir
la energía en estado bruto en energía espiritualizada, una
plataforma de transformación y de retorno a la tierra a través
de la puerta del orgasmo.
En el barro así transfigurado en vervo, en luz, en semen
coagulado, la energía comenzaba a separarse de la escoria, de la
verdad incontestable de las cenizas.
La fría y calculada razón es insuficiente para
explicar la variedad de la naturaleza del barro y el constante fluir de
estados, que podríamos llamar anímicos, que en él se
aprecian.
Continuación
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